Un niño, de espaldas, mira el cielo del anochecer sentado en el alféizar de una ventana.

El nombre

Pantoufle
El comienzo de una historia

Pantoufle nace de la respuesta de un niño. Una respuesta espontánea, rápida, genuina, sincera.

Había visto Chocolat, una película en la que una niña llama Pantoufle a su amigo imaginario.

Una presencia discreta, invisible para los demás, pero real e importante para ella. Un compañero silencioso, símbolo de esa libertad personal que pertenece a la imaginación, a las propias decisiones y a la propia manera de ser.

En ese nombre reconocimos una metáfora de lo que la inteligencia artificial puede llegar a ser

Una tecnología invisible en sus procesos, compleja en su funcionamiento, pero sencilla y natural en su relación con las personas. Una presencia discreta, amable, cercana, capaz de ofrecer apoyo sin imponerse, de acompañar sin sustituir, de estar ahí cuando hace falta.

Creemos que llevar la inteligencia artificial a la vida cotidiana significa ir más allá del simple procesamiento de datos. Significa diseñar tecnologías capaces de adaptarse a las personas, a sus necesidades, a sus costumbres. Tecnologías en las que la capacidad de comprender el contexto se une a la atención, al cuidado y a la sensibilidad humana de quienes las desarrollan.

Dos mujeres, en la mesa de una cocina luminosa, con tazas y cuadernos, repasan juntas una gran hoja con la rutina diaria de cuidados, llena de flechas de colores y notas adhesivas.

De esta idea nace Pantoufle

Una empresa que ve en la inteligencia artificial la posibilidad concreta de devolver autonomía, apoyar las capacidades individuales y facilitar esos pequeños gestos a través de los cuales, cada día, se construye la propia independencia.

Como el amigo imaginario de Chocolat, imaginamos una presencia que no necesite ocupar el centro de la escena para ser importante.

Una presencia discreta
Una libertad plenamente suya